No puede decirse que la comedia dramática americana viva un momento especialmente feliz. En los últimos tiempos hemos sufrido los nuevos trabajos de directores como Cameron Crowe (Un lugar para soñar), James L. Brooks (Como sabes si), Jason Reitman (Up in the air) o Judd Apatow (Funny People), que fracasaban en su intento por hacer grandes comedias adultas con trasfondo sentimental, cayendo a veces en la ñoñería y quedando muy a medio gas en el apartado humorístico. Por ello, es una suerte que Alexander Payne –Election, su obra cumbre- rompa su silencio tras ocho años –en los que sólo ha rodado un episodio para Paris je t’aime- y estrene la estupenda Los Descendientes, una película que está al nivel de lo mejor de su carrera.
El nuevo trabajo de Payne es, junto a The Artist, la gran favorita para los Oscar de este año. Su arrollador triunfo crítico en Estados Unidos –acaba de ganar el Globo de oro al mejor drama- es más o menos el mismo que tuvieron algunos de sus films anteriores, como las notables Entre Copas y A propósito de Schmidt. Como en aquellas, Payne construye un protagonista sólido como una roca, encarnado por un actor (George Clooney) de innegable carisma. Aunque probablemente el problema –el único problema, me atrevo a decir- del film es la propia presencia de Clooney, que está tan voluntarioso como siempre pero que no termina de resultar creíble en su rol de cornudo padre de familia. A pesar de las alabanzas que está recibiendo su trabajo, quizás no hubiera ido mal recuperar al gran Paul Giamatti.
Basada en la novela homónima de Kaui Hart Hemmings, Los descendientes es la historia de un padre (Clooney) que intenta recuperar la relación con sus hijas (Shailene Woodley y Amara Miller) después de que su mujer quede en coma tras un accidente. Su planteamiento argumental no es el colmo de las sorpresas, pero esta es una de esas películas en las que el cómo está por delante del qué: personajes tridimensionales, un equilibrio entre comedia y tragedia modélico, una capacidad brutal para tocar temas delicados sin caer en lo telefilmesco y -allí donde muchos la pifian-una parte final casi perfecta en la que todas las piezas encajan. Un film de esos que dejan poso, con secundarios de nota - Robert Forster, Beau Bridges- y en el que destacan sobremanera los bonitos paisajes Hawaianos y la tremenda interpretación de Shailene Woodley, la gran revelación de Los descendientes.
Jordi Balfagón
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